Yohana Sosa | 16:37

Otro cuentito: “Hasta que la muerte los separe”

Ernesto la había conocido en la primavera de 1958 en una misa diocesana de la Capilla “Los Once Santos” ubicada en La Cañiza, capital de la comarca de Paradanta.
Por ese entonces, con escasos veintiún años, él recibía cartas de amores febriles empapadas todas ellas con distintos aromas juveniles; a veces marcadas por el sello visible de las ilusiones vanas y el deseo penitente, absurdo, no correspondido.
 Sin embargo, Ernesto ya se había aventurado en algunas oportunidades en los terrenos pantanosos del amor cotidiano y convino en que la diversión culmina cuando lo plausible es desterrado por lo siniestro y el amante deja de ser un misterio para convertirse en una pieza más de la abarrotada rutina. Así, decidió que los amores platónicos eran más gratos y provistos de refinación y que la imaginación es la mayoría de las veces más benévola que la realidad y, además, no deja a la vista la vulgaridad del instinto consumado.
Pero aquella tarde, en esa ceremonia, conoció a Isadora. La vio sentada en una butaca cercana al pasillo, su presencia le fue revelada por la pertinacia de su mirada y porque simplemente nunca la había visto. Ernesto cruzó miradas con ella como pudo haberlo hecho con cualquier otra; sin embargo cuando atinó a seguir por el pasillo para llegar a un lugar más cercano al púlpito, Isadora dijo atonadamente y casi imperceptible -¿Cómo es que desprecias mi invitación y avergüenzas mi atrevimiento? No es de caballero… Ernesto se sentó a su lado esperando alguna palabra de la mujer, pero Isadora no habló de la manera esperada. Sin embargo se inclinó hacia él y le besó las manos, le besó la frente, le susurró al oído algo que Ernesto jamás recordaría. A medida que la mujer hablaba él comprendía pero una tras otra las palabras quedaban cobijadas en el olvido. Esa misma tarde Ernesto le propuso matrimonio a Isadora y allí se casaron, cuando se descubrían los primeros vestigios de la luna.
Vivieron dos impetuosos años de matrimonio jubiloso, bienaventurado. Pero una noche, entre sueños, Ernesto escuchó ruidos y despertó, provenían de la cocina y hacia allí se dirigió; entró en penumbras, sigiloso, miró el reloj de pared, las dos de la mañana observó. Su mirada, su cara, todo su cuerpo buscaba al ejecutor del barullo que había escuchado y allí, sentada en un rincón de la habitación se encontraba Isadora, inmóvil como si su quietud le fuese impuesta. Sus ojos, fijos en la humedad del techo descascarado que hacía unas semanas tanto le había preocupado, se asemejaban a dos bolones cristalinos emocionados por un gran descubrimiento ; sin embargo en ese lugar solo había manchas de moho que denotaban un descuido prolongado. Intrigado por su comportamiento Ernesto le preguntó que le sucedía, ella lo miró desde lo bajo como si la respuesta a su pregunta fuera evidente y se escabulló al dormitorio como un gato agazapado sin dar explicación alguna.
Desde ese momento la mujer comenzó a actuar con notable extrañeza, desganada, aburrida y taciturna. Dejó de asistir a sus clases de teatro, las que desde siempre tanto había disfrutado; no dormía casi nunca y si lo hacía era con los ojos abiertos y duros como rocas; también su deseo de ser madre parecía haberse difuminado en ese nuevo ser inánime en que se había convertido.
Los médicos no encuadraban sus síntomas en ningún diagnóstico clínico y no había insuficiencias en ningún sistema de su cuerpo. Pasaron las semanas y Ernesto, al ver que la medicina tradicional no le otorgaba más que probabilidades y ninguna certeza y ante el estado agravado de Isadora, optó por recurrir a otras disciplinas para hallar la cura para su esposa.
Consultó un libro ancestral de antepasados desconocidos que relataba en forma de recetas brebajes mágicos para males desorbitantes; ahondó en la iriología y la homeopatía sin conseguir resultados y cometiendo algunos accidentes. Viajó en busca de brujas y hechiceros que le aconsejaron preparar fluidos con compuestos repugnantes que llenaron su hogar y su cuerpo de un olor putrefacto y nauseabundo; estudió las escrituras sánscritas a la espera de un presagio revelador que nunca obtuvo. Y mientras tanto roció a su mujer con agua bendita de camelias 150 días consecutivos a las doce de la noche de cada uno de ellos...
Pasó algún tiempo y un día se presentó ante Ernesto una joven de rasgos extraños pero que le parecían conocidos, tal vez de un pasado impreciso o de algún sueño olvidado o, quien sabe, de un tiempo incluso anterior a todo lo vivido. Pero no, nunca la había visto. Dijo llamarse Isolda y luego le confesó  que su esposa, Isadora, se había enamorado de la mismísima muerte, que era una especie de enfermedad desprovista de cura, surgida en algún lugar remoto donde no existe la vida y llegó a estar aquí, entre nosotros los humanos, consolidándose poco a poco como un flagelo del nuevo tiempo. Ernesto recapacitaba mientras repetía “no hay cura, no hay cura”; pensó en el rostro aciago y descolorido de Isadora, en sus caminatas circulares por la cocina a las tres de la mañana, en el esfuerzo que había comenzado a costarle hacerla comer. Se había tenido que acostumbrar a lavar sus desperdicios y secreciones directamente de la ropa de cama, recordó que su mujer hacía meses no se bañaba y su pestilencia invadía la casa y el vecindario cuando abría su dormitorio cada amanecer. Revivió con sollozos de niño extraviado las veces que pidió a su mujer que vuelva a él y sea como antes, cuando Isadora lo despertaba con jugueteos bajo las sabanas, divertida, luminosa.
Ernesto le pidió a Isolda que se quedara en su casa y ella se quedó  y lo ayudó con Isadora. Juntos la salpicaban con agua de hojas de bromelias secas y adornaban su cabellera con ficarias doradas cortadas un siglo atrás, le leían historias de amores contrariados de finales inconclusos y biografías de héroes anónimos que habían vivido 150 años. Para preservarla de los arrebatos del destino colgaban de sus extremidades ornamentos de diferentes colores y formas: verdes para esperanzar los deseos, rojos para ahuyentar la envidia, amarillos para guarecerla de las inclemencias de la vida, violaceos para mantener los órganos fuertes y blancos para el apaciguamiento del espíritu.
Pasó el tiempo como un letargo ocioso y perpetuo y una noche Ernesto se introdujo en el cuarto de Isolda, la extraña Isolda; la despertó con excesivo cuidado y la amó, la amó desde la madrugada hasta el mediodía, tomando conciencia de que hacía más de un año que no tocaba a ninguna mujer y hacía toda una vida que no sentía como ahora. Su boca exhalaba un idioma extraño que él desconocía pero estaba seguro que era el léxico del placer y el desenfreno, sus ojos se desorbitaban perdiendo por momentos la visión y su cuerpo se volvía frágil, inhábil. Juró nunca separarse de los dotes de aquella mujer.
A medida que fueron transcurriendo los meses y mientras Ernesto pasaba las noches y luego las noches y los días amando en secreto a Isolda, Isadora se postraba más en su lecho. Ya no merodeaba la casa ni el jardín por las madrugadas, no limpiaba una y otra vez cada rincón mientras profería por lo bajo palabras indescifrables, ni empañaba los vidrios de las ventanas con su aliento para luego dibujar sobre ellos.
La antes flamante Isadora se estaba yendo con su amor la muerte que como un amante obstinado logró conquistarla con su asedio continuo, persistente, halagador. Tomó su cuerpo, se metió en su alma y la transformó en parte de sí, la hizo semejante a ella con sus caprichos y formas, hasta llegar a corporeizarse en su andar tremebundo, en su no hablar cotidiano, en la frialdad de sus manos, en el desgano de sus ansias y en su amurallado corazón.
Y así fue en que llegó el día en que Isadora pareció tomar cuenta de que las propuestas de la muerte eran más prometedoras que las de la vida infausta, indiferente, inconmovible. Y murió.
Los deseos de Isadora escaparon a lo que este mundo pudo ofrecerle o a lo que ella pudo encontrar en él.
Los deseos de Isadora quizá hicieron un pacto con la muerte, pero tal vez la muerte no le entregue nada o, a lo mejor, a Isadora también le parezca insuficiente, o puede ser que la retribución ya no le interese o se olvide de lo que buscaba y se pierda nuevamente e intente cobijarse en lo que una vez tuvo y ya no tendrá.
En el cuarto contiguo Ernesto también pactó, pero su contrato parece tener las vicisitudes de la certidumbre y la revocabilidad.

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